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6 ago 2026 · 7 min de lectura
El 3 de diciembre de 1967, en Ciudad del Cabo, el cirujano Christiaan Barnard hizo algo que hasta ese día se consideraba ciencia ficción: extrajo el corazón de una persona fallecida y lo puso a latir dentro del pecho de otra.
El paciente, Louis Washkansky, sobrevivió dieciocho días — no lo suficiente para que el mundo lo llamara un éxito rotundo, pero sí lo suficiente para probar que era posible. La barrera psicológica, más que la técnica, era lo que había frenado a la cirugía cardíaca durante décadas.
El equipo de Barnard había practicado la técnica en animales durante años, pero nunca en un ser humano. Esa madrugada, con el corazón donante latiendo fuera del cuerpo por primera vez en la historia de la medicina, no había manual que seguir.
Lo que siguió después fue una carrera global: equipos médicos en Estados Unidos, Francia e India replicaron la técnica en cuestión de semanas. La cirugía de trasplantes, que parecía imposible una década antes, se volvió rutina en menos de veinte años.
Hoy los trasplantes de corazón superan el 85% de supervivencia al primer año. El obstáculo ya no es la cirugía — es la escasez de donantes. La noche de Barnard no resolvió ese problema, pero demostró que valía la pena intentarlo.
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