Digital Things
4 ago 2026 · 5 min de lectura
En 1928, Alexander Fleming volvió de sus vacaciones a un laboratorio desordenado, como siempre. Entre las placas de cultivo que había dejado sin lavar, notó algo raro: un moho había contaminado una de ellas, y alrededor de ese moho, las bacterias simplemente no crecían.
Cualquier otro científico habría tirado la placa. Fleming la miró más de cerca y se preguntó por qué. Ese moho era Penicillium notatum, y lo que producía sería, sin exagerar, el descubrimiento médico más importante del siglo XX.
Fleming publicó sus hallazgos, pero no logró purificar la sustancia de forma estable ni producirla en cantidad. Pasaron más de diez años hasta que Howard Florey y Ernst Chain retomaron su trabajo y consiguieron convertirlo en un medicamento real, justo a tiempo para salvar a miles de soldados heridos en la Segunda Guerra Mundial.
Antes de la penicilina, una simple infección de una herida o un parto podía ser mortal. Después, dejó de serlo para la mayoría de los casos.
Lo que hizo especial a Fleming no fue el accidente — fue prestarle atención. La penicilina existía en ese laboratorio antes de que él la mirara dos veces. El descubrimiento fue suyo porque fue el único que se detuvo a preguntar por qué.
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